Monday, December 14, 2009

Memorias al Rojo Vivo (I)



Ariel Hidalgo


Mi familia, que había participado activamente en la lucha contra la dictadura, se desilusionó desde los primeros años con el curso tomado por el proceso revolucionario y partió al exilio. Yo, impedido de tomar el mismo rumbo por la edad militar, fui llamado a las Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP). Luego estuve tres meses fugitivo, fui atrapado y encarcelado. Y cuando la UMAP fue disuelta y fui liberado, me encontré prácticamente solo. Hasta mi novia, con quien tenía planes de boda, había partido. En todo ese tiempo había leído y reflexionado mucho. Me había entusiasmado aquella gran proeza de la campaña de alfabetización y veía muy positivo que los servicios de atención médica y educación extendidos hasta los lugares más recónditos del país, se hubiesen puesto al alcance de todos. Por otra parte, lo que más me molestaba era la imposición de un modelo cultural unidimensional donde determinadas manifestaciones artísticas, religiosas o filosóficas eran censuradas, o incluso estilos de vida, mirados con menosprecio. Si te gustaba la música americana, o eras religioso, o usabas el cabello largo o pantalones estrechos, te calificaban de “pequeño burgués”. Me sentía como un ateniense entre espartanos, o como un científico renacentista en medio de amenazas inquisitoriales. Y a pesar de todo tomé la determinación de permanecer en el país. Consideraba que había que luchar por lo que uno creía y que el proceso podía corregir en la marcha todo aquello que consideraba como desviaciones y errores, pero que había que hacerlo desde dentro. Y me integré de lleno a las organizaciones de masa y al trabajo educativo.


Siendo en los años 70 Secretario General del sindicato en mi núcleo de trabajo de escuelas obrero–campesinas de Marianao, Ciudad Habana, pude comprobar que el papel de las secciones sindicales, agrupadas en la CTC, era casi exclusivamente el de movilizar a los trabajadores en las diferentes tareas y actos convocados por el Partido, o como se decía entonces, “poleas de transmisión del destacamento de vanguardia”. Era lógico pensar que si los trabajadores eran finalmente los dueños de fábricas, bancos, comercios y centros de servicios como se decía en discursos, círculos de estudio, conferencias y por todos los medios de difusión, no había que defenderlos ya de sus antiguos patrones capitalistas. Sin embargo, yo escuchaba constantemente entre mis alumnos quejas que reflejaban evidentes contradicciones entre las administraciones y los operarios de los diferentes centros laborales.


Por entonces estudiaba Licenciatura en Historia en la Universidad de La Habana, publicaba artículos historiográficos en varias revistas sobre el movimiento obrero y el desarrollo de las ideas sociales y políticas en Cuba, y mi libro Orígenes del Movimiento Obrero y del Pensamiento Socialista en Cuba se incluía como bibliografía suplementaria en casi todas las carreras de letras en las universidades del país, por lo que estaba muy familiarizado con las diferentes doctrinas y propuestas socialistas y anarquistas de los albores de la República, algunas bajo la influencia de revolucionarios españoles, en particular de Madrid y Barcelona. Pero sobre todo me habían llamado la atención las referencias de José Martí -numen de varias generaciones de revolucionarios cubanos-, acerca de estas ideas, en específico su crítica al ensayo La Futura Esclavitud de Herbert Spencer, quien condenaba la tendencia de la sociedad hacia un sistema caracterizado por “el despotismo de una burocracia organizada y centralizada” [1].. A diferencia del inglés, sus reflexiones no las hacía desde un plano de adversario ideológico liberal, sino de alertar sobre posibles peligros de una sociedad “socialista”, como el probable encumbramiento de una casta de burócratas y el surgimiento de una nueva forma de servidumbre para el ciudadano. “De ser esclavo de los capitalistas…-advertía- iría a ser esclavo de los funcionarios” [2].. Luego volvía a referirse a esos peligros en carta a su íntimo amigo Fermín Valdés Domínguez, a quien elogiaba por sus simpatías hacia los movimientos de lucha por la justicia social, pero añadía que, no obstante, “los errores de su forma no autorizan a las almas de buena cuna a desertar de su defensa” [3].


En 1979 mientras estudiaba un post-grado en Filosofía Marxista impartía la misma asignatura en el 12 Grado del preuniversitario Manolito Aguiar. Las preguntas que surgían, tanto entre mis alumnos como entre mis condiscípulos, me llevaron poco a poco a un replanteamiento sobre lo que en verdad estaba ocurriendo en el país y fui sacando mis propias conclusiones. El dueño de una fábrica, de un comercio o un banco, no es un asalariado, y si lo fuera, sus principales ingresos no le llegan de salario alguno sino de las utilidades y es él el que determina quién administra su propiedad. Pero en el caso de los trabajadores cubanos, ¿cómo concebir un propietario cuyo único derecho es recibir de su empresa un exiguo salario, y ni siquiera tiene la facultad de elegir a sus propios administradores? Por el contrario, se ve sometido a una administración impuesta desde altas esferas y que por tanto tiene facultades y poderes de la que él carece. Aplicando la definición leninista sobre clases sociales de “grandes grupos humanos que se diferencian entre sí por el lugar que ocupan con respecto a los medios de producción”, se me revelaba con claridad la diferencia entre ambos grupos. Los trabajadores eran, nominalmente, los propietarios, pero lo determinante no era la propiedad, sino la posesión directa sobre esos medios y esa posesión la ostentaba otro grupo humano.


¿Cómo habíamos llegado a esa situación? Como en el capitalismo los trabajadores no podían por sí mismos lograr el control de las riquezas, necesitaban de un Estado revolucionario encargado de expropiar a las clases poderosas, pero una vez que esos medios pasaban a manos de ese Estado, éste requería de un ejército de funcionarios capaces de asumir el papel que antes desarrollaban capitalistas y terratenientes para hacer que dichos medios se pusieran en función de los trabajadores, y una vez que estos funcionarios asumían ese control, se generaban nuevos intereses y nuevas relaciones de producción. Independientemente de la buena o mala voluntad de la máxima dirigencia, una vez creado ese nuevo estamento, ya era incapaz de controlarlo, porque aún cuando oficialmente estuviera bajo la fiscalización del gobierno y del Partido, estos dos últimos pertenecían a la esfera de la superestructura política, mientras que esa burocracia era parte de la nueva base económica, y como en última instancia la base determina sobre la superestructura y no a la inversa, ese gobierno y ese partido eran incapaces de detener la corrupción y las arbitrariedades de esa burocracia, por muchas fiscalizaciones, auditorías e investigaciones que realizara para detener desvíos y faltantes de productos de un inmenso tráfico clandestino. Podían destituir a diez, cuarenta o cien funcionarios, pero en general, no podían prescindir de decenas de miles que en conjunto conformaban ese poderoso sector.
Esto implicaba la necesidad de una segunda revolución, pero esta vez muy diferente, porque si antes se habían expropiado a miles de grandes propietarios privados, ahora se trataba de uno solo, el Estado; o dicho de otra forma, el Estado, que hasta ahora había sido depositario de riquezas pertenecientes al pueblo, debía delegar esas funciones en los colectivos de base. El pueblo debía convertirse, de propietario formal en propietario real.


Los apuntes fueron tomando forma de libro y aún no tenían título –aunque sabía que la palabra “Estado” era clave- cuando se desataron la crisis de la Embajada del Perú y el éxodo masivo del Mariel. A mí particularmente me repugnaron los excesos de los que entonces fui testigo: turbas que secuestraban en plena calle a personas que habían decidido vivir fuera del país para colmarlos de improperios y ensañarse en ellos, algunas veces casi hasta el borde del linchamiento público, y el asedio o allanamiento de sus hogares sin importar que dentro hubiesen niños o ancianos. Aquellos hechos no me hubieran impactado tano si no hubiera sido porque en la mayoría de los casos se realizaban con la tolerancia y hasta el beneplácito de las autoridades cubanas, algo que violaba, incluso, leyes fundamentales de la propia Constitución Socialista aprobada cuatro años antes. Supuestamente yo debía, como profesor de una asignatura política, encabezar los actos de repudio contra profesores o alumnos de mi centro que tomaban la determinación de emigrar, decisión que yo consideraba un derecho legítimo aún antes de leer la Declaración Universal de los Derechos Humanos de Naciones Unidas. Muy por el contrario, me solidaricé con algunos de mis vecinos que yo sabía eran personas decentes. Para mí el hecho de que hasta hace poco se hubieran recibido con tanta condescendencia a las personas exiliadas en los primeros años y ahora se tratara como a criminales a quienes tomaban la misma determinación, no tenía ni pies ni cabeza.


El resultado fue mi expulsión, no sólo de mi cátedra como profesor, sino también de la Universidad como estudiante, e incluso mi salida definitiva del Ministerio de Educación. A todo esto siguió un registro de mi vivienda durante varias horas por agentes de Seguridad del Estado -algo muy traumático para mi esposa y mi pequeña hija-, la ocupación del manuscrito y mi detención en el centro de Villa Maristas. Pero no fui procesado y mi detención duró sólo tres días. En ese momento mi libro sobre el movimiento obrero se estudiaba, incluso, en la Escuela Nacional del Partido. No hacía mucho había sido galardonado por la Universidad de Panamá debido a mi ensayo José Martí y las Pretensiones de Predominio Yanqui sobre el Istmo de Panamá. Y aunque no se me había permitido viajar a ese país para recibir el premio, había sido honrado con un acto en el teatro Mella como el más destacado miembro de la sección de Literatura de la Brigada Hermanos Saiz junto a los dos galardonados de las secciones de Pintura y Música y habíamos recibido las felicitaciones de los más prominentes figuras de la cultura cubana, como Nicolás Guillén, Onelio Jorge Cardoso y Roberto Rodríguez Retamar entre otros.


Durante tres días seguidos, un mayor que se hacía llamar Roberto Ricard mantuvo conmigo una discusión bastante sosegada sobre mis diferencias. En general parecían alarmados de que yo hubiera realizado la crítica del sistema político cubano aplicando la propia metodología marxista. Le dije que yo no creía ser el único, sino, todo lo más, el primero, y que detrás de mí, más tarde o más temprano, vendrían otros muchos.

[1] Herbert Spencer: “La Esclavitud Futura”. http://www.antorcha.net/biblioteca_virtual/derecho/spencer/3.html.
[2] José Martí: “La Futura Esclavitud”. Obras Completas, Edit. Nacional, t. XV.
[3] José Martí: Carta a Fermín Valdés Domínguez, Nueva York, mayo 1894.

Monday, November 30, 2009

Cuba: ¿qué esperar de la Reunión del Gobierno con la Emigración?


Por Haroldo Dilla Alfonso

Los vientos que corren desde La Habana hablan de violencias contra opositores pacíficos, contracciones económicas, reducciones del ya bastante exiguo consumo popular y, casi como quien no quiere las cosas, de una nueva reunión del gobierno cubano con sectores de la emigración.

Estas reuniones no son nuevas. Han sido celebradas desde los 70s con llamativos títulos que hablan de encuentros de la “nación” con la “emigración”. Dos vocablos que para el caso resultan eufemísticos, irreales y cínicos. Primero, porque la emigración es parte de la nación aunque el gobierno cubano se esmere en negarlo, convirtiendo a los cubanos migrantes en desterrados sin derechos en la tierra en que nacieron. Segundo porque ningún gobierno es la nación, menos aún cuando se trata de una camarilla gerontocrática y autoritaria que se niega a someterse al veredicto de las urnas. Tercero, porque los convocados y admitidos por el gobierno cubano para estos encuentros son en ocasiones sus propios activistas residentes en el extranjero, como sucedió en la fantochada que tuvo lugar en La Habana hace un año. En el mejor de los casos, personas honestas, pero sobre todo confiables para el gobierno cubano. Es decir, personas que conocen y se atienen a las reglas de lo políticamente correcto cuando se habla con La Habana.

Ahora la noticia llega desde un periódico mexicano que entrevistó a un empresario y político cubano radicado en Miami que durante décadas ha ligado tanto su corazón como su bolsillo a estos contactos. Según esta fuente (con seguridad bien informada) la nueva reunión “nación-emigración” podría ser convocada entre el 27 y el 29 de enero con una agenda indefinida que él asume debe contemplar la ampliación de los derechos de los migrantes en Cuba, tales como la compra de viviendas y de seguros médicos y el otorgamiento del perdón a los balseros de 1994, a los que aún el gobierno cubano no permite visitar la isla, es decir al país en que nacieron.


Ciertamente, pasos positivos, como también es positivo que el referido empresario se dedique a ello, pero creo que son pasos dados en una dirección que no conduce a una solución, sino a la permanente complicidad con la indignante política del gobierno cubano en este tema.
Para el gobierno cubano no resulta un problema abrir espacios de comunicación con una “emigración” dócil y dispuesta a comprar servicios, inmuebles y enviar remesas, es decir una emigración vista como una fuente de dinero para paliar el hambre financiera producto de su dogmatismo e incompetencia. Una emigración que financiaría así al mismo proyecto de poder que le niega sus derechos elementales como cubanos y cubanas.

Si los cubanos emigrados quieren ser respetables en este juego, no tienen otra opción que reclamar sus derechos legítimos como cubanos al mismo nivel en que hoy se legisla en el plano mundial: en principio, el derecho a entrar y salir libremente del país en que nacieron y a vivir en él si así lo deciden. Y al mismo tiempo, no queda otra opción, exigir esos mismos derechos para los ciudadanos cubanos residentes en la isla, que hoy requieren permisos para viajar fuera de Cuba, por los cuales, además, deben pagar precios altísimos, monetarios y morales.

Una vieja técnica de negociación indica que un resultado es bueno cuando los acuerdos obtenidos corresponden con las segundas mejores opciones de cada parte. Los resultados obtenidos durante décadas de negociaciones entre migrantes y gobierno cubanos han distado mucho de este efecto óptimo, posiblemente porque a pesar de la buena voluntad de los migrantes, en años anteriores la disparidad de fuerzas era abrumadora. Pero hoy es diferente. Si se trata de una negociación seria –y no de una payasada enmascarante organizada por el gobierno cubano como en 2008- no nos queda más remedio que alzar el listón.

De lo contrario vamos a seguir haciendo lo de siempre: financiando al gobierno cubano y enterneciéndonos de gratitud cuando nos dejan pasar por el aeropuerto sin decomisarnos la mitad de la maleta. Ellos con su primera mejor opción y nosotros con un programa mínimo casi reducido al derecho a sonreír cuando nos apalean.

¡Es Hora de devolver Guantánamo a Cuba!


Lorenzo Cañizares y Rolando Castañeda*


Por años hemos apoyado decididamente el pleno restablecimiento de las relaciones entre EE.UU. y Cuba para un mejor e integral desarrollo de la isla en el cual el tema de Guantánamo es un elemento esencial. Además, dado los vaivenes de la política interna estadounidense, la administración Obama constituye una oportunidad excepcional, realmente inimaginable en los años anteriores del presente siglo. Consideramos que el momento es oportuno y propicio para que la Base de Guantánamo sea devuelta a la nación cubana. Ello beneficiaría tanto a EE.UU. como a Cuba.

A EE.UU. le brindaría el prestigio político y diplomático de la adherencia y cumplimiento de sus nuevos planteamientos internacionales.

Cerrar el centro de detención en Guantánamo y devolver la base a Cuba, sería considerado internacionalmente como una acción fundamental de buena voluntad que sustentarían las promesas de la administración de Obama de un nuevo trato hacia Cuba y America Latina, y ayudaría a la vez a restaurar la imagen y credibilidad estadounidense ante la comunidad internacional tan erosionada por las deplorables prácticas de derechos civiles y humanos de la administración de George W. Bush.

Eliminaría la vergüenza colonialista de ocupar por la fuerza parte del territorio de un pequeño país vecino por más de un siglo con la pretexto de haberlo ayudado a lograr su independencia nacional.

La Bahía de Guantánamo ha estado en posesión de EE.UU. desde 1903, por la imposición a la nación cubana de la Enmienda Platt, una ley del Congreso de EEUU añadida a la 1ª Constitución Política cubana a principios del siglo XX, bajo la coerción que de no aceptarse la isla permanecería ocupada militarmente. También le dio a EE.UU. el derecho de intervenir política y militarmente en los asuntos cubanos cuando lo estimara pertinente, como lo hizo errada y reiteradamente.

El territorio de la Bahía de Guantánamo fue transformado en la base naval de Guantánamo, la cual hoy día es la base militar más antigua que EE.UU. posee fuera de su territorio nacional. Su territorio de 117.6 kilómetros cuadrados es igual en tamaño al corazón de la ciudad de Nueva York en la isla de Manhattan.

Es importante destacar la tendencia global de respetar los derechos soberanos de las naciones y su integridad territorial, que EE.UU. lideró e impulsó decididamente después de la Segunda Guerra Mundial. Ejemplos recientes de dicha tendencia son que Inglaterra devolvió Hong Kong a China en 1997; Portugal, Macao a China en 1999; y EE.UU., el canal a Panamá en el 2000.

Asimismo, actualmente existe una clara predisposición en la política mundial de defender principios fundamentales y de resolver conflictos mediante la negociación y la diplomacia, lo cual permitiría optimizar las posibilidades de ponerle fin a este deshonroso episodio en la historia de las dos naciones.

También la Base está asociada mundialmente con reprobables actos de tortura, violaciones a los derechos humanos fundamentales y a los convenios internacionales sobre el trato de prisioneros políticos y de guerra que no hubieran sido tolerados en el territorio nacional estadounidense y cuya evidencia ha permanecido en secreto a pesar de las promesas hechas de divulgarlas por la nueva administración del presidente Obama.

El congresista John Murtha, demócrata por Pennsylvania, ha declarado que el centro de detención de Guantánamo no es simplemente una cuestión de tanques y artillería, sino un real desafío a la fibra moral y ética de la nación estadounidense.

El cierre del centro de detención en Guantánamo no es un tema partidista en EE.UU. Dos destacados y respetados políticos republicanos, el senador por Arizona y excandidato presidencial John McCain y el senador por South Carolina Lindsey Graham, han hecho público su apoyo al cierre del centro de detención de Guantánamo.

Según Fidel Castro, la base humilla a Cuba, como un cuchillo en el corazón de la dignidad y soberanía del pueblo cubano. Muchos compatriotas, incluso de la oposición, apoyan este punto de vista y sienten que el momento ha llegado de ejercer nuestro derecho moral y legal de demandar su devolución.

La nación cubana, en la isla y en la diáspora, debe unirse decididamente para aprovechar esta ocasión histórica excepcional y fomentar la Unidad Nacional para la recuperación de lo que es nuestro. Esta postura facilitaría al presidente Barack Obama justificar la devolución de la base de Guantánamo a la nación cubana.

Devolverle a Cuba el territorio ocupado de Guantánamo, ofrece una oportunidad única para emprender un nuevo camino y reorientar la política exterior estadounidense. No se puede exigir a otros países lo que EE.UU. no está dispuesto a cumplir.

¡El momento es hoy, no mañana!


*Lorenzo Cañizares es sindicalista cubano-americano. Especialista de Organización para la Pennsylvania State Education Association. Reside en Harrisburg, PA.

Rolando Castañeda es economista cubano-americano. Funcionario retirado del Banco Interamericano del Desarrollo. Reside en Washington, D.C.

Monday, November 9, 2009

Cuba y la Libertad de Movimiento

El pasado 6 de noviembre, los activistas Juan Antonio Blanco y Siro del Castillo expusieron ante la Comision Interamericana de Derechos Humanos -en nombre de un grupo de cubanos- sobre el tema de los permisos de circulacion para salir, entrar y residir en Cuba.Ademas de la presentacion se entrego a la CIDH una carpeta con la legislacion cubana y otros documentos vinculados al tema.


http://www.oas.org/en/media_center/videos.asp?sCodigo=09-0286&videotype=&sCollectionDetVideo=5

Cuba: Algo más que un simple Chancleteo



por Haroldo Dilla Alfonso


El sistema político cubano se llena de incidentes que indican tanto las inquietudes sociales subyacentes como la arrogancia intolerante de su clase política y sus intelectuales subsidiarios. Y van marcando algunos tonos de una sociedad netamente post-revolucionaria.

Chancleteo en Cuba hace alusión a una discusión de baja estofa, de malos modales, carente de la elegancia que los intelectuales gustan presumir. Es, por supuesto, una referencia elitista y arrogante, toda vez que la chancleta es la prenda de calzado ligero que usan los habitantes de las inmensas cuarterías habaneras, donde vive la gente más pobre y menos educada. La chancleta y el chancleteo son regularmente subproductos sociales de las clases populares, justo las que los intelectuales estudian y dicen admirar como signos de la cubanidad, pero de lejos.

Ahora sucede que un conocido intelectual cubano, director de la prestigiosa revista Temas, ha llamado al debate critico que promueven los blogueros cubanos –regularmente ubicados fuera de lo “políticamente correcto” en el sistema cubano- un “ciberchancleteo”, y en consonancia ha endilgado a sus sostenedores el epíteto de “chancleteros”. Lo hizo en una universidad de Miami, donde nadie lo atacó y todo el que quiso pudo entrar y opinar respetuosamente.

La respuesta de los blogueros no se hizo esperar y un grupo de ellos intentó entrar a un debate sobre internet organizado por la revista Temas en La Habana. El debate había sido anunciado como público, pero el acceso les fue prohibido. Solamente uno de los blogueros pudo entrar, pero fue la persona más conocida entre ellos: Yoani Sánchez. Entró teatralmente disfrazada, arremetió fieramente contra los argumentos oficiales que ligan la falta de acceso a internet con el bloqueo/embargo y revalidó orgullosamente la condición de chancletera como parte de su origen popular habanero. Lo que se llama en el béisbol dar nueve ceros.

Sin lugar a dudas como viene haciendo desde hace meses, Yoani ganó. Ya lo hizo cuando interpeló públicamente a la hija del General/Presidente durante una charla creo que en el Museo de Bellas Artes, a Mariela, la relacionista pública del Clan Castro, y la obligó a repetir tonterías sin sentido durante algunos minutos. Y luego, lo que fue aun peor, a escribir una carta descalificando a su contrincante con la usual perorata sobre los “mercenarios al servicio del imperialismo”. Ahora Yoani batió al director de la Revista Temas, quien fue obligado a circular por internet una nota diciendo que donde dijo “Diego” quiso decir “Digo”, al mismo tiempo que recibía todo tipo de desaprobaciones e insultos desde el ciberespacio de los exiliados cubanos, que es, como casi todo lo que tiene que ver con Cuba, polarizado y exaltado.

Desde mi punto de vista, quitando los arrebatos pasionales del medio, lo que ha sucedido ahora, como lo que sucedió cuando Yoani interpeló a Mariela Castro, es un ejemplo de que la sociedad cubana transita por una fase final de su etapa post-revolucionaria, es decir una fase en que la revolución (terminada esencialmente en 1965 y agotados sus efectos desde 1990) deja de ser siquiera una referencia temporal y se dibujan escenarios que incluso prescinden de los octogenarios que, en cama o de pie, siguen tratando de gobernar a la sociedad, cada vez con mayores dificultades. Tanto la revista Temas como el famoso blog de Yoani son productos culturales post-revolucionarios como también lo es aunque no me detengo en ello ahora, la hija del miasmático general/presidente cubano. Solo que lo son de diferentes maneras, y es posible que también imaginen de maneras diferentes al mejor de los mundos posibles.

El director de la revista Temas es un sólido intelectual cubano, que tiene a su haber méritos innegables como han sido colocar en el debate intelectual nacional temas relevantes, romper obstáculos para la comunicación con la academia norteamericana y mantener un espacio tan importante como la propia revista Temas. Y lo ha hecho siempre desde un sofisticado eclecticismo teórico donde el marxismo nunca fue un ingrediente importante. Esto último lo convirtió en un socio dilecto de la academia norteamericana y cubanológica, y por ello ha entrado exitosamente en la élite cultural cubana pero también ha pagado sus precios. Y quizás el precio mayor que paga es ser parte de ese pacto político que se condensa en la UNEAC y en el Ministerio de Cultura y que otorga a los intelectuales adscriptos el derecho a viajar, hacer dinero, decir algunas herejías y tener una dirección electrónica, a cambio de que no transgredan ciertos límites, y en especial de que no intenten trasladar sus patéticos privilegios al resto de la población cubana.

Al atacar a los blogueros y al debate que promueven, el director de Temas paga un peaje de fidelidad política implícito en el pacto que el conoce bien. Pero al mismo tiempo defiende el espacio crítico y analítico de su negocio intelectual, al que promueve en cuanto lugar visita como una revista pluralista, libre y abierta a todas las tendencias, una suerte de ensoñación post-revolucionaria que logra capturar el ingenuo corazón de la academia liberal norteamericana que anida en instituciones como LASA.

Yoani, por su parte, es una construcción permanente. Se construye ella misma con una habilidad y un coraje sorprendentes, un día mostrando la humildad de la Madre Teresa de Calcuta, y al siguiente la agresividad mística de Juana de Arco, según las circunstancias. La construyen sus detractores, endilgándole epítetos tan procaces y ofensivos que mueven a la simpatía con la agredida aún cuando no estemos de acuerdo con ella. Y la construyen quienes la dotan de un blog transnacional y la llenan de medallas internacionales (en su mayor parte provenientes de la derecha mundial, personeros de Ratzinger incluidos) que sin lugar a dudas pudiera merecer su talento en el futuro, pero por el momento no su obra.

Yoani Sánchez es la figura emblemática de un nuevo tipo de oposición política que da aire a los agotados disidentes tradicionales. Su blog es leído por miles de personas, aunque imagino que muy pocas de ellas son cubanas que viven en Cuba, donde el acceso a internet es un ave rara. Sus mensajes son de una simplicidad dulzona y una redacción nada memorable, pero reconozco que Yoani no escribe para mí, ni creo que le interese hacerlo. Sus temas, que recrean difusos escenarios de vida cotidiana, van dirigidos a una juventud intoxicada de consignas políticas trascendentales y que aspira a un lugar más discreto durante sus breves pasos por el planeta. No promete futuros brillantes, sino presentes hedonistas. No escribe para el intelecto, sino para la emoción. Su mensaje es genuinamente post-revolucionario.

Pero en este “chancleteo” Yoani rescata dos ideas que son vitales para el futuro de Cuba. Ante todo, el derecho de ella, de sus amigos y amigas blogueros y de los varios millones de cubanos (exiliados incluidos) a vivir en su país, opinar libremente y obrar en consecuencia. En segundo lugar, el deber que tienen los que detentan las posiciones de poder a abrir los espacios públicos a todas esas opiniones, sobre todo cuando esos mismos funcionarios han usado espacios públicos –en este caso nada más y nada menos que una universidad de Miami- para descalificar torpemente a quienes ya sufren la represión y la estigmatización de ese poder.

No creo que el director de Temas haya dicho nada digno e inteligente, y francamente no creo que pueda decirlo en esta coyuntura. Quizás sea el momento para recordar que en la política, como en la música, el silencio tiene un valor. Y seguir haciendo su valiosa revista Temas, aunque Yoani no pueda publicar en ella.

Ni yo tampoco. Con la desventaja que yo no tengo un blog anunciado en 13 idiomas.

Monday, October 5, 2009

Contradicciones que resolver



Por Lorenzo Cañizares y Rolando Castañeda
Antes de iniciar un movimiento hacia adelante sobre el porvenir de nuestra patria con la buena voluntad de la mayoría de nuestros compatriotas, el gobierno cubano tiene que decidir cómo se enfrentará al futuro. En las pasadas celebraciones del 26 de julio en Holguín se veían las figuras de Fidel y Raúl Castro con los brazos extendidos hacia al cielo bajo las palabras “La vigorosa y victoriosa revolución se mantiene marchando hacia adelante.” Obviamente, esto es un residuo de la intransigencia y triunfalismo irrealista del “socialismo real” que todavía permea la mente de muchos en la dirigencia política del país. Esa actitud está en franca contradicción con el reconocimiento por el presidente Raúl Castro sobre la realidad en que se encuentra la economía nacional.
Raúl Castro ha culpado la mentalidad existente dentro de la isla por la cual “Dos más Dos son Tres” como criterio esencial de los problemas que enfrenta Cuba hoy en día. Nosotros estamos de acuerdo con la candidez expresada por Raúl. Los problemas existentes tienen esencialmente que empezar a ser resueltos con realismo y pragmatismo dentro del gobierno cubano. Esa resolución y actitud puede proveer el entusiasmo necesario, particularmente a la juventud, para enfrentar las serias dificultades que enfrenta nuestra nación que han sido acentuados por las huracanes del 2008 y la crisis mundial del 2008.2009, pero que también tienen otras causas como planteó Raúl Castro el 26 de julio del 2007.
Como lo han analizado muchos intelectuales y académicos de la isla, estamos de acuerdo que Cuba tiene que cambiar el viejo modelo imperante llamado “Socialismo Real” hacia uno que permita atender y satisfacer adecuadamente la multitud de problemas de la población que un sistema dogmático, intransigente y burocrático ha creado. Este sistema todavía mantiene las características del antiguo modelo soviético, cuyo estado tenía el control total de la economía, centralizando los recursos y las decisiones y fijando unilateral y caprichosamente los precios y los salarios.
Tal vez esta reflexión nos lleva a considerar la principal razón por la cual se pospuso el Congreso del Partido Comunista Cubano (PCC). No cabe duda que la paupérrima situación económica es la causante, pero vale la pena explorar que existe un quebranto dentro del Partido. En momentos cuando el país necesita un liderato decidido, creativo y eficiente, todo parece indicar que el PCC está sufriendo una crisis ideológica y de definición estratégica dentro de su seno que impide encarar con decisión un desarrollo nacional eficiente.
¿Qué hay detrás de esa diferencia ideológica y de definición estratégica? En primera instancia, están los seguidores del “Socialismo Real” los cuales se apoyan en esa visión para asegurarse del control político y burocrático, mientras siguen disfrutando de privilegios que no están al alcance de la población, a pesar de carecer de un plan estratégico que combata los problemas económicos que el país enfrenta y sufre la población. Por otro lado, están los que reconocen los problemas y están dispuestos a tomar los riesgos de mejorar la economía nacional mediante la adaptación de métodos económicos más inclusivos, participativos y descentralizados, ya exitosos en otros países socialistas como China, Vietnam y Laos.
¿Dónde estamos? De acuerdo al gobierno cubano, se celebrará posteriormente una conferencia nacional para elegir un nuevo liderato en el PCC que incluirá su comité central, el politburó y los secretariados para planear el nuevo congreso.
Según la visión de Raúl Castro, la transformación económica que Cuba necesita sólo podrá ser concebida estudiando las mejores experiencias del resto del mundo, y tomando como referencia el ejemplo establecido por los modelos chino y vietnamita. Y también nos recuerda que él fue elegido para defender, mantener y continuar perfeccionando el socialismo, no para destruirlo.
El distinguido y sensato economista cubano Oscar Espinosa Chepe, quien estuvo preso varios años en la isla, señala al dirigirse al presidente cubano Raúl Castro “El problema no radica en pedir opiniones sobre un discurso realista (refiriéndose al que Raúl pronunció el 26 de Julio de 2007), entonces esperanzador, para después engavetarlas. Se necesita un debate efectivo, donde participen todos los ciudadanos, comunistas y no comunistas, creyentes religiosos y no creyentes; un debate sin exclusiones en el que puedan participar los compatriotas residentes en el extranjero que también tienen deberes y derechos como cubanos. Un debate para elegir el modelo de sociedad democrática que requiere con urgencia el país. Sin esquemas preconcebidos y gastados, sin prejuicios aburridos, que responda a los tiempos en que vivimos, para sentar las bases para una sociedad “con todos y para el bien de todos.”
El presidente cubano frecuentemente hace mención de las dificultades que sufre el pueblo cubano por el embargo. Asimismo se ha expresado con agrado sobre la reanudación de las conversaciones sobre la migración que fueron suspendidas durante la administración de Bush. También han sido muy promisorias las visitas a Cuba del gobernador de New Mexico Bill Richardson y de la subsecretaria de asuntos hemisféricos de Departamento de Estado Bisa Williams.
El embargo continúa siendo un arma de doble filo donde ambos lados pierden. Por ejemplo, Estados Unidos pierde la posibilidad de incrementar la venta de sus productos agrícolas, tales como arroz, trigo y soya que son vendidos por países como Canadá, Argentina, Brasil aun más lejos. Cuba pierde la posibilidad de comprar a un país que se encuentra 90 millas de sus costas.
Políticamente hablando, el mantener una postura de oposición al embargo logra que muchos dentro de la isla comprendan y reconozcan que no todos los cubanos de la diáspora tenemos una posición hostil y de aislamiento y que tenemos un claro deseo de participar en la reconciliación nacional y en el desarrollo del país. Por consiguiente, eso ayuda a que empecemos a romper los muros que nos separan y que impiden que comencemos a trabajar juntos en asuntos de común interés que tarde o temprano habrá que enfrentar.

*Lorenzo Cañizares es sindicalista cubano-americano. Especialista de Organización para la Pennsylvania State Education Association. Reside en Harrisburg, PA.
Rolando Castañeda es economista cubano-americano. Funcionario retirado del Banco Interamericano del Desarrollo. Reside en Washington, D.C.

Saturday, October 3, 2009

El Concierto de la Concordia



Ariel Hidalgo
“Es hora de cambiar la mente de todos: el odio por amor”, cantaron en dúo Juanes y Miguel Bosé delante de más de un millón de cubanos -más que cualquiera de las concentraciones políticas multitudinarias de los últimos cincuenta años en esa misma plaza-, que aplaudían, alzaban sus brazos, gritaban, bailaban, reían y lloraban, todo un pueblo que esta vez no acudió por amenazas, ni con doble moral, ni forzados en ómnibus desde centros de trabajo, sino movidos de ardiente entusiasmo. Se habló de perdón, de libertad, se proclamó que la familia cubana era una sola, y se pidió a la juventud que no tuviese miedo. Frases como éstas estremecieron a muchos cubanos que escuchaban tanto en la plaza como frente a sus televisores, tanto en Cuba como en la diáspora. Por el celular recibí este texto desde Ecuador: “Estuve todo el tiempo llorando como una boba”. Era mi hija. Y una amiga que el día antes había rechazado el proyecto Paz sin Fronteras, expresaría tras el evento, aún bajo los efectos de la impresión: “Confieso que me equivoqué”.

La discordia quedó sólo para pequeños grupos de ambas orillas del Estrecho: aquellos que insultaron a los organizadores y rompieron discos con martillos y aplanadoras, y esos otros que, contando con la fuerza, intentaron imponer barreras y amenazaron con la cárcel a numerosos disidentes. “Medidas preventivas”, decían, cuando la más eficaz de las prevenciones era no haber frustrado los anhelos y esperanzas del pueblo. Una vez más se demuestra que la solución cubana no viene por los abruptos senderos de la política. Si sólo sabes de política, ni de política sabes. Los gobiernos pueden cambiar las instituciones, pero el amor y el odio no pueden ordenarse por decreto. Y todo lo que se construya que no tenga cimientos en el alma de los pueblos, será tan endeble y efímero como el rocío del amanecer que se evapora con el sol y el viento.

En cambio, los artistas participantes de diversos países y la marejada de pueblo que colmó la inmensa plaza, traspasaron la epidermis del conflicto hacia las verdaderas raíces de la realidad, la conciencia colectiva, el alma nacional, para quedar estrechamente conectados por invisibles lazos y vibrando con las palabras mágicas de paz y perdón. Juanes y los demás artistas invocaron lo único que podrá salvar al pueblo cubano: el amor. Así se demostró que la causa de la libertad de Cuba, defendida por los políticos, cuyos caminos tropezaban con muros insalvables, puede ganar terreno por vías subterráneas, y esto pueden lograrlo los músicos y los poetas.

La gran plaza era el lugar ideal. Era preciso comenzar por ahí la sanación del alma nacional, llevar a cabo el gran exorcismo: tornar las malas vibraciones de odios y rencores en otras de reconciliación y fraternidad. Y lo que había que pedir era justamente lo que se pedía, paz, porque hay contiendas silenciosas no declaradas de las que no se dan partes de guerra, pero que los pueblos sufren a veces por décadas y, como en nuestro caso, medio siglo. La libertad es fruto que sólo da el árbol de la paz. Sin paz no hay libertad. Cuando hay guerra, aunque no atruenen cañones, ni sangre se derrame, pero el clima sea de miedos y tensiones, de insultos y amenazas, las excusas germinarán para coartar todas las libertades, como mala yerba en torno a la buena simiente. Incluso las pretendidas libertades que supuestamente generan las llamadas guerras de liberación, aun con todas sus justificaciones, nunca son reales ni duraderas. Detrás siempre llegan nuevos conflictos y otras dictaduras. La guerra más victoriosa es aquella que puede evitarse, aquella que no se libra jamás, no sólo victoriosa para quienes podrían ser vencidos en caso de estallar, sino incluso para los posibles “vencedores”. Porque en ninguna guerra hay victorias, sólo derrotas. La verdadera batalla tiene que darse en el corazón de los seres humanos, y así se entiende el reclamo de Olga Tañón: “Los soldados somos nosotros, pero soldados de la paz”.

Y al igual que paz sin fronteras, debe haber amor sin fronteras, hermandad sin fronteras, solidaridad sin fronteras. Y deben celebrarse conciertos entre cubanos de ambas orillas allá y acá, y también de ambas orillas, encuentros de académicos, de escritores y deportistas -¿por qué no imaginar también “deportes sin fronteras” compitiendo en juegos de la amistad?-, hasta que los muros se derrumben y políticos y gobiernos no puedan seguir manipulando a los pueblos y tengan que ceder ante el paso arrollador de la reconciliación. Quizás entonces podrán juntarse, en un inmenso coro, todas aquellas voces de allá y de acá que no pudieron estar presentes. Y luego hacer, cual símbolo de un pacto entre los hermanos hoy en disputa, un arco iris con todos los colores del diapasón cubano ya en perfecta armonía: el arco iris de la Concordia.