Friday, February 26, 2010

Los Tres Asesinatos de Orlando Zapata Tamayo




Haroldo Dilla Alfonso




Nunca conocí en vida a Orlando Zapata Tamayo. Sólo he visto de él una foto colocada de mil maneras en internet. Posiblemente nunca hubiera conocido que existía si no fuera porque decidió hacer una huelga de hambre por razones que aún no conozco bien y murió en su empeño. Es decir, decidió hacer uso del único recurso que le queda a un recluso —la vida— y exponerla para dar una batalla moral ante el estado cubano. Este tipo de hecho no es nuevo. Recuerdo, por ejemplo, que en 1981 un grupo de jóvenes del IRA apelaron al mismo recurso contra la conservadora Margaret Thatcher, y diez murieron. Entonces el Granma contaba cada día los pormenores de las huelgas de hambre y cuando moría algún joven lo reseñaba en primera plana, para consternación e indignación de sus lectores, entre ellos yo. Esta vez, el Granma no ha dicho nada, porque esta vez el Granma es parte de la maquinaria que asesinó tres veces a Orlando Zapata Tamayo.


En resumen, no sé exactamente quién era Orlando Zapata Tamayo. Los partes de la disidencia indican que se trataba de un obrero negro de 43 años que fue encarcelado por participar en varias acciones pacíficas no permitidas por el gobierno cubano —entre ellas, el Proyecto Varela que buscaba recoger firmas para promover una reforma constitucional en el parlamento cubano— y que mantuvo una posición vertical en la prisión, lo que le valió maltratos y el alargamiento de su condena de tres años iniciales a una cifra que he leído iba de 25 a 36 años. Según el gobierno cubano y sus relacionistas públicos, cubanos y extranjeros, se trataba de un delincuente común con una hoja de delitos baratos fomentada desde que tenía 22 años, y que posteriormente decidió enrolarse en la disidencia para continuar su carrera delictiva. Es decir, que la víctima pasó de robar carteras a promover un cambio constitucional y exponerse a altas penas de prisión.


En realidad, los argumentos del gobierno cubano me resultan muy dudosos. No entiendo cómo un ladrón vulgar de carteras puede pasar de improviso a promover un cambio constitucional exponiéndose de paso a largas condenas de cárcel. Tampoco, cómo un delincuente común y, además, oportunista, se deja morir de hambre, durante un largo proceso en que tuvo 85 días para arrepentirse. Y si estaba preso por los delitos que mencionan, me parece extraña la tremenda cantidad de años que establecía la condena. Tampoco puedo explicarme cómo es posible que alguien se suicide por conseguir, dice el gobierno, un teléfono y una cocina para su celda, aunque fuese una cocina similar a la que tenía Fidel Castro en el presidio de Isla de Pinos cuando fue encarcelado por la bárbara tiranía de Batista por asaltar un cuartel militar en 1953. Es evidente que tantos años sin una opinión pública crítica ha reblandecido el sentido común de los propagandistas del gobierno cubano.


Y, finalmente, dudo de lo que dice el gobierno cubano, porque si algo conozco bien es cómo la élite cubana es capaz de manipular la información, mentir e intoxicar a la opinión pública en un país donde no hay fuentes alternativas de comunicación, para conseguir cualquiera de sus objetivos. Es lo que convirtió súbitamente en 1989 a un héroe nacional en un corrupto, aburguesado y abusador, digno del fusilamiento; o a un brillante canciller que era capaz de interpretar como nadie el pensamiento del Comandante en Jefe (cualidad insuperable en una monarquía faraónica) en una soez sabandija envilecida por las mieles del poder.


De cualquier manera, para los fines de lo que quiero decir ahora, no me interesa saber quién era Orlando Zapata Tamayo, ni por qué estaba preso. No tengo dudas de que el gobierno cubano nuevamente ha sacrificado la vida de un cubano para dar una demostración de firmeza represiva ante la oposición. Que el gobierno cubano ha permitido la muerte de un recluso. Y que, por consiguiente, el gobierno cubano ha cometido una acción criminal. Cuando el gobierno cubano decidió utilizar al presidiario fallecido como caso prueba para sus forcejeos políticos, decretó su asesinato: el primer asesinato.


No es un hecho inédito en Cuba. La naturaleza autoritaria del sistema político cubano incluye entre sus arbitrariedades el uso de casos para producir respuestas ejemplarizantes de cara a espectadores hostiles o poco confiables. Fue lo que sucedió cuando fueron ejecutados los implicados en la Causa 1 de 1989, una pandilla de rateros desaforados pero que legalmente no merecían el fusilamiento. O en 2003, cuando fueron fusilados tres jóvenes, también negros, por intentar secuestrar una lancha para emigrar a Estados Unidos. Los fusilaron 72 horas después de sus apresamientos, en un juicio sumario propio de capitanes generales, sin siquiera permitir una despedida familiar. Y ahora esta muerte consentida que envía un mensaje muy claro a la oposición y al posible surgimiento de otros huelguistas.


A la muerte física de Zapata sucedió un segundo asesinato: una avalancha de difamaciones organizada por el gobierno cubano. Utilizando para ello a algunos intelectuales devaluados del patio y a la red de voceros estalinistas que medran en la izquierda mundial, han dicho que la víctima era un preso común (culpable de exhibicionismo, de portar armas blancas, de cometer hurtos, de producir escándalos públicos e incluso de vender drogas a turistas), que exigía privilegios desmedidos para un presidiario, que atacaba a los guardias carcelarios, y hasta que era esquizofrénico y bipolar. De igual manera, no han escatimado esfuerzos para desnaturalizar el hecho, envolverlo en el conflicto Cuba-Estados Unidos y compararlo con no sé cuántas muertes que desgraciadamente ocurren en otras latitudes como Irak y Afganistán. Es decir, para sacar el crimen del escrutinio público en nombre de la defensa de una revolución socialista que hace ya mucho tiempo no es revolución y nunca fue socialista. Es otra técnica: inhibir a los sectores democráticos y de izquierda del planeta agitando el espantajo de la agresión imperialista, como si las muertes que ocurren en otros lugares, como si el bloque/embargo, como si una sola de las conquistas sociales que han ocurrido gracias a la acción del pueblo en el último medio siglo, como si uno solo de esos hechos pudiera justificar el crimen cometido contra Orlando Zapata Tamayo.


Y luego, Zapata Tamayo ha sido asesinado cuando el presidente/general Raúl Castro, haciendo un alarde del más procaz cinismo, lamentó públicamente la muerte de un presidiario a quien su gobierno dejó morir. Ha sido su tercer asesinato en unas pocas horas.


Para la izquierda, el crimen contra Orlando Zapata Tamayo es un reto. Nada aquí puede ser justificado, y sólo puede ser explicado como la reacción criminal y represiva de una élite autoritaria y decadente que pisotea cada día al socialismo hablando en su nombre, mientras prepara su propia conversión en una nueva burguesía. En la misma declaración en que impúdicamente lamentó la muerte de su víctima, el general/presidente Raúl Castro afirmó que estaba dispuesto a discutirlo todo con Estados Unidos. Yo diría que también a negociarlo todo, a excepción claro está, de los propios poderes del Clan Castro y sus apoyos militares. Y para llegar a esa meta (tan prosaicamente contrarrevolucionaria) ¿qué importa Orlando Zapata Tamayo?

Wednesday, February 17, 2010

La Reconciliación es Necesaria e Inevitable


Lorenzo Cañizares y Rolando Castañeda

Un par de semanas atrás los Van Van estuvieron en Miami. Su recibimiento por el exilio cubano no pudo haber sido mejor. Todos los cubanos sabemos que los Van Van vinieron a los Estados Unidos con el visto bueno del gobierno cubano. La música, como el ping-pong, son armas adecuadas para juntar a gente anteriormente distanciadas. También de gran significancia en esta experiencia fue el despliegue de hermandad que se llevó a cabo durante el concierto entre exilados y los músicos de Cuba. El tema de la noche “Todos los cubanos somos hermanos” fue puesto en práctica cuando músicos cubanos recién exilados, que no hace mucho atrás hubieran sido considerados traidores en Cuba, se subieron a la tarima a compartir con los Van Van. Lo más significativo de esta experiencia es que los miles de asistentes al concierto se empaparon de Cubanía.

Démosle crédito a quien crédito merece, Juanes nos ayudó a abrir la puerta con su Concierto por la Paz. El concierto aunque no necesariamente recibido con bombos y platillos por el gobierno cubano, hay que reconocer que sólo tuvo obstáculos realmente menores, y 1.2 millones de cubanos se reunieron en la Plaza de la Revolución, por varias horas para disfrutar mensajes de hermandad que venían desde el exilio cubano.

También hemos visto como en el ámbito político ya hay varios intentos de derribar las murallas que nos separan. La carta titulada “Personalidades del Mundo Académico y Cultural de Cuba Protestan por Restricciones Gubernamentales” la cual se puede leer en su totalidad con la lista completa de firmantes (más de 50 intelectuales formaron parte de su redacción) en el Blog Concordia, es una llamada desde el interior de la isla de simpatizantes del gobierno para lograr que se derriben las nefastas murallas. El llamamiento a un diálogo nacional por uno de los más reconocido opositores del gobierno cubano, Oswaldo Paya Sardinas, quien desde dentro de la isla le pide a todos los cubanos que pongamos a un lado nuestras diferencias para buscar un acuerdo nacional de cómo ayudar conjuntamente a la patria y superar nuestros problemas.

La Declaración Concordia firmada por 100 miembros del exilio cubano pide tomar medidas conjuntas para poder destrozar esas murallas que nos separan. También desde el exilio el antiguo preso político Ariel Hidalgo hizo un llamado hacia un Congreso Nacional Cubano, el cual ha sido apoyado por muchos otros cubanos del exilio, para así concebir un proyecto común de unificación y reconciliación nacional. Muchas otras organizaciones prominentes del exilio cubano han expresado su deseo de trabajar activamente por la reconciliación nacional.
Podemos estar en el comienzo de un nuevo gran capítulo en la historia de nuestra patria. Pero el comienzo tiene que ser cuidado con mucho esmero. Lo más importante es sentar una pauta que nos lleve a progresar en este laudable deseo. Todos lo queremos. La cuestión es cómo llevarlo a cabo.

Nosotros hemos señalado anteriormente que no llegaremos a nada si planteamos un cambio político radical. Desde el exilio, desde donde nosotros nos expresamos, tenemos que reconocer que el gobierno cubano ha hecho cosas positivas que deben mantenerse. También debemos reconocer que el gobierno cubano está legítimamente justificado en sentirse hostigado por la nación más poderosa del mundo manteniendo un embargo que todos los años es rechazado categóricamente en las Naciones Unidas. Si el exilio y la oposición quieren seriamente establecer confianza en este proceso tenemos que estar en la vanguardia de demandar que el gobierno de los Estados Unidos respete la soberanía de la nación cubana de escoger libremente el sistema gubernamental que así determine.

Por el otro lado, el gobierno cubano tiene que reconocer que no toda la oposición son agentes extranjeros que están sólo buscando la oportunidad de derrocar al gobierno sino que pretenden espacios de expresión, participación e inclusión ciudadana. Ya el gobierno cubano a través de su presidente Raúl Castro ha reconocido las muchas dificultades en la cual vive el pueblo cubano y que no se puede culpar al embargo de todos los problemas fundamentales del país. En Cuba, hay un sin número de prisioneros políticos pacíficos que se encuentran encarcelados sin haber realizado jamás un acto de violencia, estos prisioneros de conciencia necesitan estar libres para así establecer el ambiente propicio donde todos los cubanos estemos en unísono planeando colaborar el futuro de nuestra patria. Al mismo tiempo que acá en el exilio nos unamos con nuestros hermanos en pedir el levantamiento del embargo, que es considerado improductivo por el propio presidente Obama, y la normalización de las relaciones entre Cuba y Estados Unidos.

El pueblo cubano clama por la unidad de su gente. La gran mayoría sólo ve un desarrollo positivo en reestablecer y estrechar los lazos comunes. El odio y el resentimiento que han marcado el comportamiento de muchos de ambos lados deben ser puestos en el basurero de la historia que es donde corresponden. La oportunidad está en nuestras manos, no la dejemos escapar.
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Lorenzo Cañizares es sindicalista cubano-americano. Especialista de Organización para la Pennsylvania State Education Association. Reside en Harrisburg, PA.
Rolando Castañeda es economista cubano-americano. Funcionario retirado del Banco Interamericano del Desarrollo. Reside en Washington, D.C.

Wednesday, February 10, 2010

Memoria al Rojo Vivo (III)

Ariel Hidalgo
Debido a un manuscrito crítico del centralismo de Estado predominante en el país, yo había sido encarcelado y condenado a 8 años de cárcel por “propaganda enemiga” bajo acusación de “revisionista de izquierda”. Luego había conocido en la prisión Combinado del Este a Ricardo Bofill, antiguo miembro del Partido Socialista Popular (PSP), condenado anteriormente en la famosa causa de la “microfracción”. Ahora, en octubre de 1983, en su tercera prisión por sus denuncias enviadas a la comunidad internacional, me había ofrecido sus recursos para sacar una información sobre el caso de un compañero incomunicado en las peores condiciones y habíamos firmado ambos con nuestros nombres verdaderos el documento que luego circularía en el exterior del país y que llevaba, como apéndice, la noticia de la existencia en Cuba del primer comité de derechos humanos.

Inmediatamente envió un mensaje a la prisión de Boniato a Elizardo Sánchez, y luego se comunicó con Gustavo Arcos Bergnes, asaltante del Cuartel Moncada, incomunicado en “Los Candados”, calabozos de los sótanos del edificio 3 donde estábamos recluidos. Gustavo era uno de los hombres más idealistas y puros de la historia insurreccional. Había quedado cojo por una bala en la columna durante el ataque al Moncada, fue fundador del Movimiento 26 de Julio en Las Villas y uno de los principales organizadores de la expedición del Granma, en la que no se le permitió embarcar por su defecto físico y quedó al frente del movimiento en México. Desde ese país enviaría cargamentos de armas a la Sierra Maestra. Tras la caída de la dictadura fungió como embajador de Cuba en Bélgica. Pero sus discrepancias con el nuevo modelo instaurado en Cuba lo llevaron por dos veces a prisión. En los años 90 hasta su muerte, se convertiría en la figura más emblemática del Movimiento de Derechos Humanos en Cuba.

En muy pocos días, un pequeño grupo de media docena de hombres constituiría el núcleo original de donde surgiría, con los años, el amplio diapasón de organizaciones del movimiento disidente integrado por miles de hombres y mujeres en todo el país. La represión no se hizo esperar. Bofill fue incomunicado casi inmediatamente y toda la guarnición militar en un operativo devastador en todo el piso 4, habitado por presos políticos, arrasó con bolígrafos, lápices, plumas, cuadernos, libros y hasta el más mínimo pedazo de papel, lo cual nos dejó arrinconados y reducidos casi a nada, entre la represión policiaca y una población penal que nos veía como causantes de su actual infortunio.

La versión gubernamental sobre los llamados disidentes, o como se diría luego en las calles, “la gente de los derechos humanos”, sería la de “elementos contrarrevolucionarios” alentados y pagados por el imperio para socavar los cimientos de la Revolución. Pero al menos puedo afirmar, categóricamente, que los que comenzamos en prisión ese movimiento, no sólo no recibíamos paga de nadie, sino que estábamos prácticamente desnudos y a merced de la represión de la policía política. Nada teníamos que ganar excepto la satisfacción de ayudar a quienes no tenían cómo defenderse de los atropellos, y nada que perder, excepto una celda de la que habríamos estado dichosos de no volver a ver jamás. Los propios agentes de Seguridad del Estado infiltrados en las filas disidentes saben muy bien que ese movimiento no puede ser juzgado en blanco y negro, que no es un bloque monolítico y que como en todas partes, hay todo tipo de personas con una gran variedad de posiciones ideológicas. Las motivaciones eran diversas. Una gran mayoría había apoyado en sus inicios el proceso revolucionario y muchos de ellos pensaban que los ideales democráticos y libertarios por los cuales se había luchado habían sido traicionados y se había impuesto, en su lugar, una nueva dictadura. Confundían el guión con la puesta en escena. Si la realización práctica había sido un desastre, entonces había un vicio de origen en la teoría, y no sólo Marx se equivocaba sino todos los teóricos socialistas. En consecuencia, habían dado el bandazo hacia el otro extremo. Se consideraban neoliberales y admiraban a la Thatcher y a Ronald Reagan. Unos pocos en cambio, creíamos que esa escenificación nada tenía que ver con el guión al que se atribuía sino a otro muy diferente. Las iniciales discusiones sostenidas entre Bofill y yo en la cárcel, serían el germen de la contradicción ideológica posterior del movimiento disidente.

Sin embargo, un movimiento de derechos humanos, por su naturaleza, no es de izquierda, ni de derecha, ni de centro, sino de arriba, esto es, está por encima de todo el esquema unidimensional de las referencias políticas. Lo que nos unía a todos era, justamente, el carácter universal del ideal de derechos humanos. Todos luchábamos por un estado de derecho, aunque algunos de nosotros queríamos ir más allá, hacia un estado de satisfacción plena de los derechos.

Después de un largo período de incomunicación, Bofill fue excarcelado, pero como no sabíamos si en realidad había salido directamente al extranjero, realizamos una votación entre los miembros del Comité en el Combinado, a la sazón doce miembros, y fui elegido como “presidente interino”. En realidad pronto supimos que estaba en su casa de Guanabacoa y no demoraría mucho en agrupar a algunos antiguos compañeros de Microfracción. Elizardo Sánchez, ya liberado, era parte de este grupo. En realidad quedarían creadas tres secciones del Comité: la que dirigía yo en prisión, limitada sólo al Combinado del Este, la que dirigía Bofill en las calles, limitada todavía a Ciudad Habana y otro grupo en el exterior del país, integrado fundamentalmente por mujeres, donde estaba mi hermana, dirigido por Hilda Felipe, ex miembro del PSP y esposa del líder comunista Arnaldo Escalona, también microfraccionario, quien años después moriría en Miami sin abjurar jamás de sus ideales de justicia social.

Inmediatamente comenzó a darse en prisión algo así como la maqueta o ensayo de lo que se produciría más tarde en todo el país. Siguiendo el ejemplo del Comité y bajo su influencia, comenzaron a constituirse distintos grupos según los diferentes intereses e inclinaciones: uno de escritores, Asociación Disidente de Artistas y Escritores de Cuba (ADAEC) que creó una revista mensual clandestina, El Disidente. Escrita a mano, se confeccionaban tres o cuatro ejemplares por número, circulaba de mano en mano y llegó a tener 64 páginas, un record en toda la historia del presidio político. La Junta de Autodefensa de Religiosos Perseguidos (JARPE), realizaba sus cultos diarios con gran número de prisioneros. Y finalmente un grupo de lucha cívica, la Liga Cívica Martiana, crearía la revista Aurora, con menos páginas que El Disidente, pero con mayor número de ejemplares circulando no sólo en la prisión, sino también en las calles y algunos, incluso, llegando al exterior del país. Decenas de presos se integraron a estas actividades de una u otra forma, pero yo era partidario de mantener al segmento del Comité de la prisión, como un núcleo selectivo y establecí como norma imponer a cualquier aspirante un período de prueba de seis meses. Como algunos fueron liberados, nunca pasaría de doce miembros efectivos.

Mi idea entonces era que si se creaban en todo el país grupos semejantes, podía llegar a darse un renacimiento de la sociedad civil cubana con una autorganización de la población para impulsar pacíficamente los cambios hacia una sociedad participativa y autogestora. Ya se sabe, por supuesto, al cabo de más de veinte años, que aunque luego las cosas tomaron un rumbo parecido, el resultado no sería el esperado, pero no porque la idea no fuera buena, sino por otras circunstancias que yo no había previsto entonces.

Adoptamos, igualmente, una nueva metodología. Cuando se presentaba alguna situación arbitraria que merecía ser denunciada, no la dábamos a conocer de inmediato al extranjero, sino que pedíamos hablar con las autoridades. Cuando un preso acudía a nosotros quejándose de algún abuso, les planteábamos el problema y ellos, para evitar que el hecho trascendiera, regularmente lo resolvían, por lo que ya no había necesidad de denunciarlo. Lo ideal era que se hubiera procedido siempre de esa forma y tengo entendido que por un tiempo así procedería luego Elizardo Sánchez. Incluso pensábamos que las autoridades, no sólo de la prisión sino incluso del país, debían agradecernos que realizáramos aquel trabajo de detectar y notificar todo lo que en el país estaba marchando mal y que indisponía a mucha gente. ¿Quién perjudicaba más a la dirigencia? ¿El que denunciaba el hecho o el que lo cometía? Sin embargo, había males que eran muy difíciles de corregir porque intentar hacerlo iba contra los intereses de una burocracia corrupta. Cuando las autoridades del penal vieron que íbamos adquiriendo gran influencia entre la población penal, cortaron la comunicación.

Por entonces se produjo una ruptura entre Bofill y Elizardo Sánchez, quien se separó y creó la Comisión de Derechos Humanos y Reconciliación Nacional. El hecho provocó escisiones tanto en la sección de La Habana como en la del exterior. Como los ánimos estaban caldeados, para evitar lo mismo con la sección del presidio, tuve que hacer una concesión. Algunos compañeros redactaron un texto de adhesión al grupo de Bofill donde se satanizaba a Sánchez como agente de Seguridad del Estado. Yo no estaba de acuerdo con esos términos pero quedé en minoría diez contra dos. Los que perdimos accedimos a firmarlo pero haciendo constar en documento aparte nuestro desacuerdo. El tiempo nos dio la razón, pues ninguna de las acusaciones pudieron probarse y finalmente la causa real de la ruptura había sido simplemente una discrepancia de métodos, la misma que me llevaría a separarme a mí mismo dos años después.

Durante los años 87 y 88 la actividad de derechos humanos había tomado tal fuerza que el caso se llevó a la Asamblea General de Naciones Unidas, numerosos periodistas y representantes de organizaciones internacionales de derechos humanos viajaban a Cuba para solicitar vernos. Algunos lograron entrevistarnos y se permitió entonces que Amnistía Internacional, la Cruz Roja Internacional y algunos miembros de Human Right Watch, visitaran algunas prisiones y entrevistaran a algunos de los miembros del Comité en el Combinado. Mi caso, en particular, suscitó el interés en muchos círculos de izquierda fuera del país. Algunos intelectuales como Noam Chomsky, Paul Sweezy y Margaret Randall, pidieron mi liberación, así como varios intelectuales y militantes de izquierda de América Latina.

Varias veces me habían sacado de mi celda para ser entrevistado por algunos de esos periodistas, pero en una de esas ocasiones me encontré con dos hombres que luego comprendí no venían con esa función sino simplemente a traerme un mensaje del entonces Ministro del Interior José Abrantes. El recado era escueto pero tajante: jamás se me daría la libertad a menos que decidiera salir del país. Lo tomé muy en serio, pues conocía varios casos de presos recondenados con nuevos encausamientos, algunos de los cuales habían muerto en prisión. Por eso, cuando fueron a comunicarme que estaba incluido en una lista de presos cuya liberación solicitaba el Cardenal O’Connor de Nueva York, acepté realizar todos los trámites migratorios. Para septiembre del 88 se esperaba la llegada a Cuba de una Comisión de Naciones Unidas que tenía prevista una visita al Combinado del Este. Un mes antes, en la tarde del 4 de agosto, fui sacado de una celda, vestido de civil y llevado en un jeepe hasta Río Cristal donde se realizaron los últimos trámites legales. Cuando en la medianoche salí de allí en un ómnibus hacia el aeropuerto de Rancho Boyeros, ya estaba legalmente fuera de Cuba.

Al año siguiente varios oficiales del Ministerio del Interior fueron condenados a prisión, entre ellos el propio Abrantes, quien no saldría jamás con vida de la cárcel.

Monday, January 25, 2010

Haití, el Terremoto y las Réplicas Políticas




Haroldo Dilla Alfonso


El momento es decisivo para el despegue de la sociedad haitiana: ¿seremos capaces de ayudar?

Los grandes desastres, como el que acaba de afectar a Haití, tienen la extraña virtud de sacar lo bueno de cada cual: la solidaridad se impone al egoísmo cotidiano al mismo tiempo que los recelos son sepultados en nombre de la fraternidad. Pero cuando pasan los días y nos acostumbramos al desastre, los resabios particularistas regresan con energías acumuladas.


Los nuestros ya están aquí, presentes, como es usual, en nuestra prensa siempre tan corporativa. Como en una revancha de barrios bajos, artículos y editoriales echan en cara de conocidos activistas de derechos humanos de los inmigrantes –dominicanos y extranjeros, residentes o desterrados- la solidaridad dominicana como un mentís a las denuncias que en otros momentos hicieron a favor de los haitianos inmigrantes. Una doble mentira, pues la actitud solidaria del pueblo y del gobierno dominicano hacia el pueblo haitiano en esta coyuntura (una actitud altruista que merece todo el reconocimiento) no omite la existencia de un clima negativo respecto a los inmigrantes, y que ese clima negativo no es responsabilidad de la sociedad dominicana sino de la minoría de traficantes, empleadores superexplotadores, políticos xenófobos, periodistas irresponsables y otros especímenes que se benefician en cada una de sus esferas del sufrimiento de esos migrantes. En resumen, que ni la altura de la solidaridad dominicana limpia a estos xenófobos de sus culpas seudo-patrióticas, ni el lodo que esta mafia antihaitiana arroja en todas direcciones llega a ocultar la bondad y solidaridad que caracteriza a nuestra sociedad.


Desde la otra esquina, desde la izquierda, la situación también comienza a deteriorarse. En este caso con aún varias decenas de miles de cadáveres insepultos, surgen las voces de denuncias de la presencia norteamericana en el país y de la intención supuesta de una ocupación militar sobre la parte occidental de la isla. Llevando las cosas a un extremo –la estupidez puede no tener límites- también circula la versión de que el terremoto fue provocado por los Estados Unidos mediante un experimento científico, lo que de paso le permitiría experimentar a bajo costo un programa de control social y político en escenarios de desastres.


Creo que hay algo que debe quedar muy claro para todos los paladines del antimperialismo, locales y foráneos. En Haití el estado colapsó, y el propio presidente da la imagen de un hombre en estado catatónico. No hay cadena de mando en ninguna instancia, civil y paramilitar. La otra instancia con funciones estatales, las naciones unidas, también fue duramente afectada, sobrepasada por los hechos e incapaz de reaccionar con la prontitud necesaria. Alguien tiene que garantizar que los sobrevivientes coman, reciban medicinas y sean protegidos de todo lo que les afecta, incluyendo bandas de forajidos que abusan de ellos y en particular de las mujeres. Alguien tiene que tratar de coordinar los múltiples mecanismos de cooperación y ayuda y lograr que el aeropuerto y el puerto funcionen. Alguien, finalmente, tiene que enterrar a los muertos y hacer manejables las miles de toneladas de escombros acumuladas en Puerto Príncipe. Si quien puede hacer eso es Belcebú con sus 30 legiones de demonios, yo los apoyo. Si es la legión de honor francesa, también. No menos, si como realmente es, de ello se ocupan los militares americanos. Y no puede ser de otra manera, porque sería una desvergüenza que yo –comiendo bien y durmiendo en mi cama- pidiera a los haitianos que prolonguen su agonía en nombre de causas políticas superiores.


La aprensión que se pueda tener acerca de una ocupación prolongada de los Estados Unidos no parece tener asidero. La presencia geopolítica americana en el Caribe no pasa por una ocupación de Haití. Una intervención breve como ésta es muy provechosa para la Casa Blanca, cuyo actual inquilino siente que su bote hace agua por muchos lugares y se beneficiaría del éxito absoluto de una operación humanitaria de corto plazo y altos réditos. Pero una ocupación de largo plazo le traería más dificultades que ventajas, un alto costo financiero y el riesgo de otro empantanamiento internacional. Y por lo demás no la necesitan para mantener una presencia efectiva en la zona.


La presencia militar norteamericana tiene para mi otra arista que me parece más importante: el inicio de un concepto “duro” de la reconstrucción haitiana. Es decir, un concepto que fija su atención exclusivamente en la afluencia de dinero y recursos hacia instituciones técnicas eficaces. Y es que Haití necesita todo esto –se habla de un Plan Marshall para la media isla- pero no solamente esto: Haití necesita que a su pueblo –recordando algo que decía el gitano Melquiades- se le despierte el ánima, y se le devuelva la vida propia.


Hay que fortalecer todas las instituciones, pero quiero ahora enfatizar en aquellas organizaciones y movimientos de base (asociaciones comunitarias, municipios) que configuran la peculiaridad del ser haitiano, la madeja de relaciones primarias –invisibles para el simple observador- que han permitido a esta sociedad sus proezas históricas, y entre ellas, sobrevivir en medio de una miseria que parece indetenible. Los campesinos del Artibonito –el granero abortado de Haití- no solo necesitan créditos y caminos, ni tampoco buenos diputados o excelentes planificadores, sino también recuperar aquello que los griegos llamaban el areté y que les permitirá pensar y trabajar por el futuro de sus comunidades, sus familias y por el honor.


Fortalecer esas instancias de base, desplegar la energía social haitiana, son condiciones imprescindibles para quitar uno de los mayores impedimentos que ha tenido el desarrollo haitiano: la gran barrera que separa al estado de sus ciudadanos, a la élite de la población. Haití, ha dicho acertadamente el intelectual haitiano Jean Casimir, no es solo el país más pobre del continente, sino también el más envilecido, en buena medida por la acción de esa elite que llega incluso a expresarse en un idioma diferente al 85% de la población.


No tomar en cuenta esta realidad que ha condicionado los reiterados fracasos de la cooperación internacional en Haití, es invertir recursos en un nuevo fracaso. Sencillamente amplificar los efectos del próximo terremoto.


Haroldo Dilla Alfonso

Sunday, January 24, 2010

El Congreso del Pueblo Cubano


Ariel Hidalgo


Hermanos y hermanas de todos los colores del pensamiento, no importa en qué frecuencia de latidos palpite tu corazón, ni a qué dios o a qué santo van a parar las flores de tu jardín, ni si piensas en la patria en la distancia o con su suelo acariciando tus pies, ni tampoco si aun habitando el hogar común, padeces el exilio interno de la excomulgación oficial, o te mueves en los espacios parametrados creados por el Poder, pero con la espada de Damocles pendiendo sobre tu cuello, sabiendo –como Niemoller- que si una vez vinieron por ese, por aquel o por el otro, un día también pueden venir por ti. Esto es, para todos ha llegado el momento de ir pensando en realizar, de una vez por todas, el grandioso encuentro del pueblo cubano.


No creas que es un llamado salido sólo de los recintos de tu parcela. Es un clamor que nace de una maduración paciente y laboriosa en la conciencia nacional. El sueño de este hermoso convite ha venido anidando desde hace mucho con diferentes nombres –Congreso de la Nación, Foro Cubano…-, entre hermanos separados por las barreras de las distancias y aquellas otras invisibles de pasiones, miedos e ignorancias. Es preciso desbrozar caminos de desconfianzas, dudas y resquemores y echar a andar. Como los castillos en el aire que, según Thoreau, no se construían en balde sino que permanecían en algún lugar, esperando que un día le pusiéramos cimientos en tierra firme, así mismo esta idea es como un tren que ya está ahí y que sólo necesita se le ponga rieles para que finalmente ruede y llegue a su destino.


Si la alta dirigencia ha demostrado temer a un congreso del propio partido en que se apoya para sostenerse -¿por qué será?- y lo aplaza una y otra vez, y puesto que “partido” significa parte y por tanto no refleja los intereses y anhelos de toda la nación, es preciso, en su lugar, convocar al congreso de todo el pueblo cubano. Ese congreso es posible. Los sin poder tienen un poder que el Poder vencer no puede. Y el encuentro no tiene que ser ni aquí, ni allá, ni en lugar alguno del mundo físico, sino en los nuevos espacios abiertos por una Era que ya se nos ha venido encima, quiéranlo o no los grandes poderes terrenales, y nos puede llevar a sitios sin requerimientos de visas para entrar, ni permisos especiales para salir, lugares que ningún poder pueda bloquear o coartar con la razón de la fuerza y en nombre de supuestas verdades absolutas que en realidad nadie tiene, donde no se excluya a nadie –ni siquiera al partido único legalizado- y donde todos y cada uno, con respeto y cordialidad, puedan expresar sus particulares visiones de una patria futura. Nadie, de ningún bando que fuese, puede ser descalificado simplemente por ser fiel, con todo su derecho, a la idea en la cual cree. Todos tenemos derecho a ver y expresar la realidad con los colores de nuestros propios ojos y a enriquecer con nuestras visiones, la panorámica general del paisaje futuro de la patria. Como dijera uno de los convocantes, la diversidad del pueblo cubano es “la gran energía acumulada de la nación”. Y como dijera otro desde otro predio muy diferente, “ya comienzan a expresarse con coraje y buena voluntad los artistas, los periodistas, los intelectuales, maestros, médicos, enfermeras y profesionales, muchos trabajadores y estudiantes, madres, padres y abuelos, religiosos, laicos, sacerdotes y pastores, funcionarios, hombre y mujeres…” Nadie es infalible, todos podemos errar aun con los instrumentos de la razón. Pero hay una brújula que nos guía y no se equivoca jamás: el amor, el amor hacia nuestros padres, hacia nuestros hijos y conyuges, hacia nuestros hermanos y hermanas, hacia los que sufren y sueñan, hacia los que han sido víctimas de las incomprensiones y el desamor. No porque se esté acá, allá o acullá, se tiene más derechos que los demás. Nunca creas que las buenas ovejas están sólo en tu redil.


Todas las fuerzas morales de la nación han de converger para juntos, hombro con hombro y codo con codo, dar a luz un proyecto común y decir: “Esto es lo que queremos. Hacia este futuro queremos ir”. Y no habrá fuerza bruta ni poderes terrenales, por muy portentosos que sean, que puedan detenernos en nuestras ansias de poner cimiento finalmente a una nueva patria donde nuestros hijos y nietos puedan crecer con dignidad sin tener que fingir ni tragar sus verdades por miedo al cautiverio o al ostracismo, ni tener que desandar por tierras extrañas en incesante búsqueda de la paz y la libertad que debieron abrigarnos en el hogar materno desde que abrimos los ojos por primera vez. Debes limpiar tu corazón. Los brazos deben tenderse prestos al abrazo. Esta es la hora.


Infoburo@AOL.com

Sunday, December 27, 2009

Memoria al Rojo Vivo (II)


Ariel Hidalgo

En un manuscrito que había ido tomando forma de libro a fines de los 70, yo había llegado a la conclusión de la necesidad de una segunda revolución. Consideraba que los medios de producción habían pasado de unas manos a otras, pero no a las de los trabajadores, sino de capitalistas y terratenientes al Estado centralizado con el encumbramiento de una nueva casta de burócratas. No se trataba simplemente de corregir el rumbo, sino de dar un timonazo tan radical como fue el proceso inicial que transformó la gran propiedad privada en estatal. Mas la cuestión no era ya centralizar, sino descentralizar, no se trataba ya de estatizar ni de privatizar, sino de convertir las riquezas realmente en propiedad social, delegando todos los medios en los trabajadores de base para que éstos los controlaran directamente sin intermediarios burocráticos. Tras mis desacuerdos con las prácticas de repudiar a los que en 1980 decidían emigrar, fui expulsado de mi cátedra de Marxismo, sometido a un registro de Seguridad del Estado en mi domicilio con la consecuente ocupación del manuscrito fui arrestado y entrevistado en Villa Maristas por un oficial que se me daba a conocer como “Mayor Ricard”, con quien discutí mis diferencias y me informó que quedaría definitivamente expulsado del Ministerio de Educación. Para mi sorpresa, fui liberado a los tres días.

Inmediatamente destruí todos los escritos que pudieran considerarse críticos del sistema y comencé a trabajar en labores de construcción junto con muchos de mis antiguos alumnos que aún allí, paleando arena y gravilla, seguían llamándome “Profe”. A lo largo de más de un año recibí las visitas de uno que otro “amigo” que venía a hacerme alguna propuesta de operaciones ilícitas. Las rechacé todas, por supuesto, a pesar de mis precariedades. Nadie podría incriminarme en una causa común como un delincuente “vulgar” a pesar de que la inmensa mayoría del pueblo participaba en tráficos ilícitos. Pero no estaba tampoco dispuesto a resignarme a permanecer diez o quince años en la construcción esperando el día venturoso en que se produjese un gesto de conmiseración de quienes yo consideraba más culpables que yo. Reinicié los apuntes de mis ideas y no me abstuve de exponerlas verbalmente a todo aquel que consideraba en condiciones de asimilarlas. Finalmente, en el amanecer del 19 de agosto de 1981 reaparecieron en mi vivienda para hacer un nuevo registro, ocuparon los nuevos escritos y me llevaron nuevamente a Villa Maristas.

Ya no vería al Mayor Ricard sino a un teniente que no le interesaba debatir ideas sino saber quienes más conocían la naturaleza de ese manuscrito y si existían copias. No le dije que había logrado salvar una copia enviándola a mi familia en Estados Unidos. Allá se publicaría años después con un título que posteriormente yo consideraría inadecuado: Cuba, el Estado Marxista y la Nueva Clase, inadecuado porque llegaría a considerar que lo que existía en Cuba y en los demás países del llamado Campo Socialista no era la materialización de los ideales de Carlos Marx, sino más bien los de Hegel, quien había considerado al Estado como la encarnación de Dios en la tierra y por tanto estaba supuestamente destinado a absorber todas las instituciones de la sociedad civil. “La acción del Estado consiste en llevar la Sociedad Civil, la voluntad y la actividad del individuo, a la vida de la sustancia general, destruyendo así, con su libre poder, éstas subordinadas, para conservarlas en la unidad sustancial del Estado” [1],.

No hubo en Villa discusiones teóricas. Sólo en el último interrogatorio, cuando le dije que no perseguía el regreso de Cuba al capitalismo, me preguntó airado: “¿Qué es lo que quiere Ud. entonces para Cuba?” Y respondí: “Pues una sociedad donde los obreros de cada fábrica, los dependientes de cada comercio, los empleados de cada banco, los maestros de cada escuela, etc, etc, puedan elegir libremente a las administraciones de sus respectivos centros”. Me miró con ojos muy abiertos y me gritó: “¡Ud. está loco, completamente loco!” Y al día siguiente me envió para un manicomio.

No era una sala psiquiátrica cualquiera aquella del Hospital Psiquiátrico de La Habana, más conocido como Mazorra, sino un espacio cerrado con muros y barrotes a donde llevaban a los reclusos con problemas mentales de todo el país. Esa convivencia con tantas personas desquiciadas, convictas por asesinatos, violaciones y otras barbaridades sin que ninguna autoridad se atreviese a entrar allí, era lo que hacía de la Sala Carbó Serviá un verdadero infierno. Un par de veces me sacaron para hacerme algunos test mentales y el diagnóstico fue “trastorno de la personalidad”, nada grave, por lo que a los diez días fui enviado a la fortaleza de La Cabaña.

La Cabaña era entonces una prisión de tránsito, donde los presos nuevos esperaban ser llevados ante un tribunal. Pero en mi caso no esperaron al juicio. Al poco tiempo trasladaron a once presos considerados como los más bravos por sus protestas y huelgas de hambre. Yo, que jamás había protestado ni había ayunado un solo día, era uno de ellos. Ninguno de los otros diez podía entender por qué yo había sido incluido en ese grupo. Nos llevaron a la prisión Combinado del Este, pero no a una celda normal o a una galera cualquiera con los demás presos políticos, sino incomunicados en un área especial.

El recibimiento no fue nada agradable. Una columna de guardias nos esperaba a la entrada de una edificación de una sola planta para desnudarnos y escoltarnos hasta cada una de nuestras respectivas celdas a donde sólo nos permitían llevar nuestra ropa interior y una toalla. El Destacamento 47, con 99 celdas tapiadas, sin camas y sólo una llave de agua y un agujero para las necesidades, era el lugar a donde llevaban a los condenados a muerte y a reos muy peligrosos que no podían convivir con otros sin riesgo de “hechos de sangre”. Algunos llevaban allí dos o tres años en total aislamiento. Cuatro rejas había que abrir para llegar al interior de una de esas celdas sin contar las puertas de madera que a lo largo de los tres pasillos ocultaban a la vista de quienes los caminaran, los calabozos tapiados con planchas de hierro. Como era un edificio rectangular, a diferencia de los demás edificios en forma de U, uno de los once, Jacinto Fernández, que en otro tiempo había sido fundador de lo que entonces fue el DIER, antecedente de Seguridad del Estado, lo calificó como “Rectángulo de la Muerte”, nombre con el que se conocería luego en las denuncias internacionales.

Aquellos cubanos que jamás hayan estado internados en una prisión de su país desconocen una arista muy importante de su realidad social. Aunque existen, como en todas partes, personas honradas y sensibles entre oficiales y carceleros, había también personas corruptas y abusivas, solo que por las características particulares de una prisión, el abuso de poder es más marcado y frecuente. Sin embargo, el Destacamento 47 parecía reservado exclusivamente para ser custodiado por el segundo tipo de hombres, y en general, en cualquier lugar de la prisión donde se realizaran aquellos actos vergonzosos, como golpizas, por ejemplo, daba la impresión de que eran conocidos y tolerados desde los altos mandos. El gobierno cubano siempre negaría la existencia de violaciones de derechos humanos en sus cárceles, y ni siquiera reconocería que habían existido cuando años después procesara y condenara a varios altos oficiales en el famoso caso del 89, la mayoría de los cuales se sabía, habían sido responsables indirectos de muchos de aquellos actos, como si no fuera lógico que al aceptar de hecho que aquellos oficiales, habiendo practicado la corrupción y el abuso de poder mientras gozaban de tanta autoridad en el Ministerio del Interior y en particular en Cárceles y Prisiones, no se reconociera también la posibilidad de que aquellas violaciones se hubiesen cometido. En el Destacamento 47 era raro el día que no escucháramos personas corriendo por los pasillos, los gritos, los sonidos de los golpes y los lamentos de las víctimas. Por muchos años, ya en libertad, cualquier carrera estrepitosa que escuchara por algún pasillo cercano, me sobresaltaba y me alteraba. Debo reconocer, no obstante, que en mi caso particular, durante mis años en el Combinado del Este jamás me pusieron una mano encima, ni siquiera en la época en que se conocía de mis actividades sistemáticas de denunciar aquellos hechos. Hubo siempre un trato mutuo de respeto entre mis carceleros y yo.

A los 21 días de incomunicación nos entregaron algunas de nuestras pertenencias, como libros, cuadernos y plumas y nos juntaron de dos en dos en cada celda. Me tocó por compañero Jacinto Fernández, acusado de espía por sacar información de violaciones de derechos humanos por vía diplomática. El 25 de diciembre me llevaron en un carro jaula al tribunal para juicio y pude ver por primera vez a mi esposa, aunque desde lejos. Me acusaban de “revisionista de izquierda”, se leyeron algunos fragmentos para demostrarlo y sugirieron que yo estaba sembrado el veneno en mis alumnos con mis ideas. Luego me llevarían la sentencia a mi celda. Se me condenaba a ocho años de cárcel por propaganda enemiga, “y en cuanto a sus obras, destrúyanse mediante el fuego”.

¿Por qué tanto ensañamiento? ¿Por qué se me aislaba sin explicarme nunca la razón y se ordenaba quemar todas mis obras? El manuscrito no había sido distribuido por las calles; una copia enviada al extranjero cuando consideré inminente mi detención, nunca fue publicada, ni antes de ser arrestado, ni mientras estuve en prisión; y el original fue encontrado en una gaveta de mi escritorio.¿Dónde estaba, pues, la propaganda enemiga por la que era juzgado? La razón sólo podía ser una: Hasta entonces la dirigencia cubana podía enfrentar cualquier crítica de “derecha” e incluso de izquierda, siempre que se fundamentara en presupuestos sociológicos tradicionales. Para esa dirigencia bastaba simplemente con oponerles una lógica diferente, ajena por completo a los parámetros “burgueses”. Pero no le era fácil contrarrestar una crítica basada en su propia lógica y que por tanto estremecía desde la misma ideología marxista los cimientos argumentales de la lealtad al oficialismo entre sus propias filas. El libro, por tanto, no se había escrito para ser leído en el exterior por personas con una formación cultural totalmente ajena a esa realidad, sino dentro del país, por militantes del partido y de la Juventud Comunista, por académicos oficialistas, por militares y dirigentes de organizaciones progubernamentales. Se trataba, en pocas palabras, del primer trabajo crítico del sistema estatal centralizado de la nueva Cuba desde una óptica marxista, donde se demostraba el surgimiento de una nueva clase social dominante a partir de la definición leninista y donde se ponía de manifiesto que en el nuevo sistema la ley económica era la apropiación, por parte de los burócratas designados desde las altas instancias, de parte del plusproducto para ser intercambiada mediante el trueque tácito. Con palabras más llanas, “te resuelvo hoy para que tú me resuelvas mañana”. En conclusión, se demostraba que el modelo establecido en Cuba nada tenía que ver con socialismo ni con marxismo.

Un día logró llegar hasta muy cerca de mi celda un preso que decía haber oído de mí y quería conocerme. Su nombre era Elizardo Sánchez Santa Cruz. Había sido profesor de la Universidad de La Habana pero había sido cesanteado bajo acusaciones de inclinaciones sinoístas. Luego, aquella noche, hablamos de celda a celda, casi a gritos y según dijo iba a ser trasladado a la prisión de Boniato en Santiago de Cuba. Me pareció un hombre inteligente y de elevada cultura política. A la mañana siguiente ya no estaba allí.

Un día nos mandaron a salir con nuestras pertenencias y nos enviaron a las galeras de presos políticos. Habíamos permanecido en el Destacamento 47 un año y veinte días. Sólo uno de los once permaneció allí, Jacinto.

Unido a los demás presos de lo que se conocía como “nuevo presidio político”-el que había surgido con posterioridad al indulto del 78-, comencé a realizar varias actividades: impartiendo clases a los menos instruidos, asistiéndolos como auxiliar de enfermero y participando en un taller literario. El sistema penitenciario permitía la visita de instructores literarios que organizaban concursos. Un cuento mío resultó ganador frente a otros competidores del Combinado del Este. Supuestamente debían llevarme a la Prisión Occidental de Mujeres para competir a nivel nacional, pero Seguridad vetó mi participación a pesar de que el cuento nada tenía que ver con política.

Se ha propagado la creencia de que el movimiento de los derechos humanos en Cuba nació por los años 70 tras la liberación de los condenados en la llamada causa de la Microfracción, principalmente de ex militantes del Partido Socialista Popular. Pero independientemente de esos posibles antecedentes, el movimiento surge realmente, ya organizado, en octubre de 1983 en la propia prisión del Combinado. Un día de ese mes fue llevado al piso que ocupaban los presos por motivos políticos, uno de aquellos microfraccionarios, Ricardo Bofill, recientemente encarcelado en su tercera causa, esta vez por enviar misivas de denuncias a organismos internacionales. Los firmaba a título personal con su propio nombre y me decía que lo seguiría haciendo desde la cárcel de ese modo, a diferencia de lo que hasta entonces se hacía en el presidio de usar sólo seudónimos para evitar la represión. Bofill consideraba que era indispensable dar la cara para que los documentos tuvieran credibilidad. Aunque decirme aquellas cosas parecía como una invitación, porque decía tener contactos para sacar los escritos de la prisión y luego enviarlos al extranjero, no me decidí en los primeros momentos. Pero en mi conciencia me pesaba la suerte del compañero que había dejado atrás en el Destacamento 47 en pésimas condiciones sin que yo hiciera nada por su suerte. Por eso, finalmente, acepté sus servicios. No sólo me ofreció sus contactos, sino que incluso se dispuso a redactar conmigo la denuncia. Al finalizar la carta dirigida a la opinión pública internacional, firmamos los dos con nuestros nombres e inmediatamente después, para mi sorpresa, escribió debajo estas palabras: “Comité Cubano Pro Derechos Humanos”, y agregó, al lado de su nombre y el mío, los títulos respectivos de “presidente” y “vicepresidente”.

No le di importancia a aquello, no anoté la fecha como un día memorable. Para mí era sólo un acto humanitario que hacía por un amigo. Pero sin saberlo, aquel documento fue noticia en muchos medios: un grupo de derechos humanos había nacido por primera vez en Cuba.

[1]Frederic Hegel: Filosofía del Derecho.

Saturday, December 26, 2009

Personalidades del Mundo Académico y Cultural de Cuba protestan por Restricciones Gubernamentales

CARTA EN RECHAZO A LAS ACTUALES OBSTRUCCIONES Y PROHIBICIONES DE INICIATIVAS SOCIALES Y CULTURALES

“Cuando vinieron buscando a los judíos, yo callé pues no era judío; cuando vinieron buscando a los comunistas, yo callé pues no era comunista; cuando vinieron buscando a los sindicalistas, yo callé pues no era sindicalista; después, vinieron buscándome a mí, y nadie habló”.
Niemöller

Poco tiempo después de haberse realizado exhaustivos análisis “públicos” del período “gris” de nuestra historia reciente, se respira en Cuba el aliento de la re-pavonización (1). Sin intención de atribuir responsabilidades universales a ninguna persona o institución en específico, hemos tomado nota de una serie de hechos que dan fe de un clima de incremento del control burocrático-autoritario y de obstrucción de iniciativas sociales. Cada uno de ellos por separado recuerda algunas conocidas prácticas de la década del ´70. Aquí resumimos algunos de los que conocemos mejor.

- Obstrucción de la participación de un grupo de compañeros que llevaban consignas ecologistas y socialista-autogestionarias en la manifestación por el Primero de Mayo del 2008; algunos de los cuales fueron posteriormente separados de sus centros de trabajo;

- Prohibición de un espacio de debate estudiantil sobre temas políticos y sociales de nuestro país desde posiciones Socialistas, reconocido inicialmente por el departamento de filosofía del Instituto de Ciencias y Tecnologías Aplicadas (INSTEC), que culminó con la expulsión de una estudiante de las filas de la FEU, y la separación de un profesor de dicha institución;

- Separación de su centro laboral y de las organizaciones políticas donde militaban a varios trabajadores, por recibir y/o publicar críticas propositivas en el espacio digital Kaos en la Red (socialista y contrahegemónico); alegando la institución el uso incorrecto de la red digital;

- Continua exclusión de los artistas del género hip-hop underground de los espacios públicos, escenarios y medios de comunicación social, así como casos puntuales de persecución policial de algunos de esos artistas;

- Obstrucción de la entrada libre de público a las últimas sesiones de debates abiertos del Último Jueves, organizados por la revista Temas;

- Obstrucciones, detenciones e impedimentos, a raíz de la marcha-performance contra la violencia convocada autónomamente el 6 de noviembre del 2009;

- Presiones sobre el proyecto Esquife, organizador del Encuentro Teórico Medios Digitales y Cultura, y exigencia de control de acceso de público al espacio del evento;

- Conato de acto de repudio, con presencia de la policía y de ambulancias, contra el proyecto autónomo OMNI-Zona Franca y su expulsión del espacio que ocupaba desde hace 10 años, en la Galería Fayad Jamís de Alamar, así como la retirada de apoyo al Festival Poesía sin Fin por parte de los funcionarios del sector cultural;

- Separación de su centro de trabajo en la Televisión de Granma de dos trabajadores alegando trasmisión de un “material pornográfico” (obra vanguardista premiada en varios eventos auspiciados por el ICAIC), acto que suscitó una declaración de protesta de la UNEAC provincial.

Todos estos hechos tienen un rasgo común, se trata de acciones desde la “institucionalidad oficial” contra iniciativas culturales caracterizadas por el compromiso activista en pro de una autonomía solidaria. Vemos con gran preocupación la posibilidad de que este tipo de actos desacertados y esterilizantes se generalicen como tendencia. Sentimos en ellos el resurgir de un pensamiento que creíamos ya desterrado de la vida cultural de nuestro país.

Nos posicionamos en contra de tal represión silenciosa que está afectando a proyectos y personas cuyo único “error” ha sido el de llevar a cabo iniciativas que no fueron “orientadas desde arriba”.
Si el capitalismo es el poder del capital frente a la gente de a pie, entonces estamos en contra del capitalismo, y si el “socialismo” es el poder de una burocracia en contra del resto de la sociedad, entonces también estamos en contra de este “socialismo”. Pero el socialismo no tiene que ser esto, el socialismo que nos entusiasma es el proyecto que socializa –comparte– todos sus recursos, donde todos tenemos igual acceso al ejercicio del poder; y no crea alguien que nos referimos a una utopía: ya hay por ahí algunos hogares y colectivos que hacen realidad estas prácticas.

La creciente política de concebir a aquellos que piensan y actúan diferente a “lo orientado” como “disidentes”, “mercenarios” o “contrarrevolucionarios” no afecta en lo más mínimo a la contrarrevolución real, cuya imagen más bien se fortalece, al dejar muy poco espacio para la crítica socialista en la aplicación de la consigna “conmigo o contra mí”. Al no practicarse el merecido respeto por la diversidad, también se está resquebrajando la unidad del proceso revolucionario.

El único remedio para tratar de evitar las nefastas consecuencias que vislumbramos, es promover el diálogo cultural, el respeto a la autonomía y a las capacidades auto-organizativas y gestionadoras de proyectos y personas que emergen en nuestra sociedad. También resulta imprescindible reconocer que la situación actual reclama vínculos de nuevo tipo entre los actores político-culturales cubanos, frente a la emergencia irreversible de nuevos hechos sociales, como las tecnologías digitales o la imposibilidad del aislamiento del país bajo una “urna de cristal”.

En las actuales circunstancias, es imprescindible empeñarnos e incluso arriesgarnos a cuanto esfuerzo sea necesario para salvaguardar los contenidos de nuestro proyecto de liberación social. Hoy nuevamente cobran valor las palabras de Martín Luther King cuando decía «Cobardía hace la pregunta: ¿es seguro? Conveniencia hace la pregunta: ¿es política? Vanidad hace la pregunta: ¿es popular? Pero la conciencia hace la pregunta: ¿es correcto? Y llega un momento en que uno debe tomar una posición que no es ni segura, ni política, ni popular; pero uno debe tomarla porque es correcta».

Esta declaración rechaza todo intento de silenciar a las personas y proyectos que trabajan en la búsqueda de la transformación social hacia un «mundo donde otros mundos sean posibles». Revolución y cultura sólo tienen sentido si son sinónimos de crítica y creación.

La Habana, 18 de diciembre de 2009.

1) Se refiere al período en que Luis Pavón dirigía en Cuba el Consejo Nacional de Cultura caracterizado por restricciones y censuras.

Lista de personas, grupos o proyectos que apoyan la presente carta:

Lista de personas firmantes (ordenados alfabéticamente)

Andres Perez Vicideo (Actor, Cuba)

Ángel Vale González (Biólogo,activista El Guardabosques, CUBA)

Alejandro Benítez Suárez (Estomatólogo,escritor, CUBA)

Alejandro Sanchez Lopez (Bioquimico, Cuba- Chile)

Armando Chaguaceda (Profesor, historiador e investigador de CienciasPolíticas, activista de la Cátedra Haydée Santamaría, CUBA)

Claudio Fernandez (Informatico, Coordinador del proyecto Web en Cuba, Mexico.

Carlos Díaz Caballero (Informático, activista del Grupo deEstudios Culturales Nuestra América, CUBA)

Carlos Simón Forcade (Profesor, historiador del arte y ensayista,activista de la Cátedra Haydée Santamaría, CUBA)

Daisy Valera (Estudiante, CUBA)

Delonis Escalante Rodríguez (Promotora cultural, activista delGrupo de Estudios Culturales Nuestra América, CUBA-MÉXICO)

Dmitri Prieto Samsónov (Profesor, bioquímico, jurista, antropólogo y promotor cultural, activista de la Cátedra Haydée Santamaría, CUBA-RUSIA)

Emilce Piazza (Doctora graduada en Cuba, ARGENTINA)

Enrique Pineda Barnet (cineasta y pedagogo, Cuba)

Erasmo Calzadilla Rodríguez (Profesor de Filosofía, CUBA)

Esteban Díaz (Estudiante de Medicina, ARGENTINA-CUBA)

Félix Guerra (Escritor, CUBA)

Hibert García Jordá (Informático, CUBA)

Hilda Landrove Torres (Promotora cultural, activista del Grupo de Estudios Culturales Nuestra América, CUBA-MÉXICO)

Irina Echarry Campo (Escritora, CUBA)

Isbel Díaz Torres (Biólogo, escritor, activista El Guardabosques, CUBA)

Jimmy Roque Martínez (Optometrista, activista El Guardabosques, CUBA)

Jesus Amado Muguercia Correa (Escritor Cuba-España)

Jose Millet (Escritor e investigador, Direcvtor de las redes sociales Union de escritores y Artistas del Caribe y Asociacion Caribeña de Estudios del Caribe)

Jorge Luis Acanda González (el joven) (Ensayista, CUBA)

Jorge Luis Aleman Barbarena (teologo y ensayista, activista de la Catedra Haydee Santamaria, Cuba)

Julio Tang (Historiador, promotor cultural, maestrante en Estudios Chinos y activista de la Cátedra Haydée Santamaría, CUBA-CHINA)

Karel Negrete Vázquez (Profesor, jurista, CUBA)

Luis Carracedo Roque (fotografo Cuba-España)

Luis Amaury Rodríguez Ramírez (Promotor cultural, activista del Grupode Estudios Culturales Nuestra América, CUBA-MÉXICO)

Manuel Castro Rodríguez (Periodista, CUBA-PANAMÁ)

Mario G. Castillo Santana (Profesor, historiador, ensayista einvestigador de Antropología, activista de la Cátedra Haydée Santamaría, CUBA)

Marlene Azor (Socióloga, CUBA-MEXICO)

Michel Matos (Promotor cultural, Rotilla Festival, Matraka, Cuba

Miguel Arencibia Daupés (Jurista, especialista en Desarrollo Social, ensayista, CUBA)

Miriam Herrera Jerez (Historiadora, activista Catedra Heydee Santamaria, Cuba)

Nora Fuentes (Artista de la plástica, profesora, CUBA-SUECIA-EUA)

Ovidio D´Angelo Hernández (Profesor, psicólogo, investigador deEducación Popular y de Sistemas complejos auto-organizados, co-autor delproyecto educativo PRYCREA, CUBA)

Pedro Campos Santos (Ensayista, co-autor de la propuesta programática SPD, CUBA)

Rafael Grillo (Escritor, editor, ensayista, Cuba)

Raimundo Franco Parellada (Ingeniero en Automatica y Telemecanica, director de Informatica y Gestion del Conocimiento, CITMA, coordinador Catedra Complejidad, Cuba)

Rodolfo Alonso (Profesor universitario de Filosofia e Historia, Cuba)

Roberto Garcia Perez (Informatico, Cuba)

Rubén Lombida Balmaseda (Promotor cultural, activista del Grupo de Estudios Culturales Nuestra América, CUBA-MÉXICO)

Yenisel Rodríguez (Profesor, especialista en Estudios Socio-Culturales, investigador de Antropología, promotor cultural y activista de la Cátedra Haydée Santamaría, CUBA)

Yusimí Rodríguez López (Traductora y ensayista, CUBA)


Lista de grupos o proyectos firmantes (ordenados alfabéticamente)

Cátedra Haydeé Santamaría
El Guardabosques
Grupo de Estudios Culturales Nuestra América
Observatorio Crítico
Socialismo Participativo y Democrático